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Preludio (cuento)



La alfombrilla roja que revestía los pasillos había ahogado el eco de sus zapatos en el parquet maltenido que cubrían. Un sinsentido, pensó Anna, ¿quién cubre parquet? Otra evidencia de una estética que ya no se podía comprender. Nadie la habría escuchado llegar. Nadie la escucharía marcharse tampoco, y todavía estaba a tiempo de terminar de hacer una o comenzar a hacer la otra; adelantada como siempre, parada frente a una puerta, una lápida, en una esquina, a metros de algo: a fuerza de esperas se había tramado su puntualidad.

De pie frente a la puerta, Anna intentó desmentir de la atmósfera de principios del siglo pasado de aquel edificio. Aquella decadencia inmóvil y terca acogió dócil el silencio que la acompañaba como un perfume.

A solas de pie frente a la puerta, por unos segundos Anna podía rescatarse de la escena, y agradecía la prestancia del picaporte y del alfombrado mudo a ser vividos de soslayo. Una vez dentro de la consulta no habría oportunidad para examinar las cosas mudas. Cuando era ella la examinada la compostura hacía acopio del cinismo; desde que el silencio se transformó en la única sinceridad que podía sostener con otro ser humano, y así mantener la conversación con la liviandad esperanzada de los preludios, su civilidad era cinismo. En este mundo sin dios, el cliché seguía siendo un derecho.


— “Y ... ¿Cómo te sientes hoy, Anna?”, preguntaba Pablo Keller después de destacar alguna trivialidad a modo de preámbulo.

Keller dominaba esta parte de su profesión. Nunca tardaba demasiado en estos intercambios preliminares, y de alguna manera—reconocía Anna—se las arreglaba para darte la impresión de que tenían todo el tiempo del mundo, de que ella tenía tiempo; algo que solo Keller podía darle.

—“Igual”.


¿Era la única que podía sentir la presencia de estas palabras muertas? y enseguida le sobrevenían ganas absurdas de romper esa civilidad con una buena dosis de memoria, para retomar control… la tortura de la vigilia, menos horrible de noche cuando aún podía imaginar que compartía la inmovilidad a oscuras con la mayoría del mundo; y de noche salir temblando de la cama en dirección al suelo para evitar una caída, o porque la fuerza gravitacional hacía que todo doliera aún más. Anna seguiría pensando en lo que estas palabras “escondían”, si acaso era eso lo que hacían, mientras Pablo Keller sacaba unas hojas de un gabinete y con un bolígrafo anotaba— ceremonioso— algo en los tres primeros reglones de la primera página.



Visto de frente Keller parecía levemente visco, como si a fuerza de concentración hubiese torcido la vista. Una malformación profesional, seguramente. La marca del depredador en la frontalidad de los ojos. La atención que Keller le brindaba a Anna era el resultado natural de no vivir en temor de ser devorado. Pablo Keller no tenía depredador natural, y las llaves de la autoinmunidad que la nueva república garantizaba estaban en sus manos. A diferencia de Anna, él sí podía declararse lúcidamente suicida, o, cómo la división de salud pública lo prefería, “en libertad de poder escoger el momento y las circunstancias de su propia muerte”, su propia eutanasia, inmunizarse de sí mismo. Había que estar "lúcida" para estar en libertad de poder escoger no seguir viviendo, de otra manera, alguien “facilitaría” el proceso de decisión, sin tomar la decisión por la persona solicitante: ese era el trabajo de Pablo Keller.

Parecía broma, pero cada semana Anna comprobaba la terquedad del absurdo, el cinismo de los jirones de república que quedaban, más cínicos y tercos por ser los últimos.

La última reforma tributaria había eliminado el ahorro obligatorio para jubilación, pues la esperanza de vida se volvió incalculable, y la extensión de la vida un interés secundario y que solo una minoría podía entretener Se dijo que la vida no tenía precio, pero con el dólar como estaba, 1000 dólares te podrían comprar un día en algunos casos, en otros, un mes, pero ese valor cambiaría, podría reducirse tanto hasta llegar casi a desaparecer, y no se puede ahorrar en valores fluctuantes. Tras una década de índices de natalidad negativos, de cara a las tasas de suicidios en la población anciana, entonces se dijo que la vida no tenía precio; se dijo que la vida no se vendía ni se compraba, y su prueba fehaciente era el que te la hubiesen regalado antes de que pudieses pedirla. La última innovación era el consenso de que podías devolver ese regalo bajo ciertas condiciones, sin recurrir al suicidio, por supuesto, por violento.


— "¿En qué fecha recibió el primer diagnóstico?", "¿Cómo controla los espasmos?", "¿cuántas intervenciones epidurales?"


Las respuestas tenían una narrativa que Anna suprimía, dejando solo la información: pieza inane, indolora, incolora, que precipitaban en fuga la única conclusión evidente. No obstante, de cara al atavismo humano y la buena conciencia de la Nueva República, la lógica a menudo se ausentaba, mientras que en este preámbulo de entrevistas, una coreografía de ambivalencias, Anna desesperaba de su propia condición ornamental, dentro de esa oficina y también fuera de ella . Doblemente ornamental cuando no podía cargar con la verticalidad asignada a los vivientes, cuando no podía agacharse a recoger algo para alguien, ceder el puesto. Ser la testigo horizontal de las personas desplazadas hacia la ciudad por los incendios en los anillos externos. La imagen de una niña, llevando a su perro en la espalda. Los intentos de la ciudad por incorporarles, rechazarles, mantenerles con vida y no. Sobrevivir la propia verguenza al reconocer el miedo a que te disminuyeran la ración cuando comenzaran a contarles, y los protocolos que seguían inventando para demorar su conteo.

Comenzar la entrevista con un espacio en blanco y dos puntos no era un mal presagio. Era otro preludio. Y el crujido de la silla al acomodarse. El roce de la tela del pantalón. El espacio de la relación tenía un cuerpo propio, eso que también se ignoraba. (Las posibilidades eran fantasmas arrastrando cadenas para llamar la atención)

Anna escuchaba el tiempo abierto a la respuesta, esperando que algo más acudiera a la invitación. Por momentos lo andado se deshacía solo, diluido, concentrado y adquiriendo fuerza en una nueva forma. Saber reconocer la forma en el espacio de la relación que tenía un cuerpo propio, se dijo Anna, aunque usó otras palabras, eso le interesaba. ¿Por qué no me pregunta eso?, Como una ráfaga de aíre. Como el tramo entre hoy y mañana.

Anna suspira sin disimulo. Ofreció su rostro deficientemente compuesto, la viva imagen de la placidez desesperando de sí misma, sin estar aún lista, a pesar de haber llegado adelantada. El parquet soltó un crujido y en seguida el picaporte giraba. Nadie preguntó ni explicó nada. Una vez dentro, se olvidó de la puerta, la espera, y del drama que se pronunciaba a bostezos en el decorado que decaía con parsimonia en los pasillos del edificio.

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