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  • Paula Cucurella

Nota a la edición bilingüe de Los últimos inanes días


Estos fragmentos fueron escritos durante el año 2018. Antes de que en marzo del año 2020 el Covid-19 hiciese del apocalipsis parte del imaginario común.

En octubre del 2018 en Chile estudiantes protestan contra el alza del pasaje de metro resistiéndose a pagar, y a esta protesta la siguen otras; la siguen la represión de la policía, más protestas y más represión, y finalmente votaciones (2021) para una nueva constitución que limite el actual modelo económico neoliberal que no reinvierte sus ganancias en mejorar las condiciones de vida de las personas que trabajan, y que no ofrece servicios públicos básicos al tiempo que continúa encareciendo la vida.

Escribí estos fragmentos en El Paso, Texas. Mi experiencia del modelo neoliberal en ese momento era distinta a la de Chile. La universidad neoliberal en los Estados Unidos contrata profesoras y profesores temporales y les pagan por clase. Una profesora temporal debe enseñar 7 clases por semestre para recibir el sueldo más modesto de una profesora de tiempo completo que enseña tres o menos clases por semestre, y disfruta de beneficios como seguro médico, y un contrato. Los profesores temporales no tienen contrato; no existe ninguna garantía de que las clases que enseñas vas a seguir enseñándolas en el futuro; son material dispensable, lo que hace de la queja un peligro. Este tipo de profesoras y profesores son el 40% (2011) del cuerpo laboral de la Universidad neoliberal de los Estados Unidos.

Al no existir contrato, la profesora adjunta debe competir con sus semejantes para generar condiciones de estabilidad. Enseñar bien y tener un doctorado no es suficiente. El profesor temporal debe además intentar destacarse de entre los(as) otros(as) para establecer su propia seguridad a través de la publicación, la traducción, la reseña, el servicio al departamento y a la disciplina, etc., asistir a conferencias, hacer servicio en la comunidad, actividades que son realizadas en condiciones muchísimo más precarias que los(as) profesores(as) de tiempo completo, actividades que bien pueden no ser reconocidas y no garantizan nada. En estas condiciones, incluso la enseñanza y la investigación universitaria—un trabajo noble y necesario—puede alienar a sus trabajadores.

Este era mi contexto, y estos fragmentos fueron escritos pensando y para imaginar un mundo que asistía—ayudaba y atestiguaba—el fin del mundo. ¿Otra vez el fin del mundo? Dirán. Si, y no termina de ocurrir, se extiende más allá del tiempo de la resolución, de la finalidad, de la conclusión, del progreso, y de la evolución, palabras que ya hemos descartado de nuestro vocabulario.

Los países menos pobres endurecen sus bordes con muros, y con más policía. Endurecen a la gente que habita en los bordes, hablan de los(as) inmigrantes como si fuesen enemigo(as), y de todas partes y a todos los bordes siguen llegando inmigrantes; no poseen nada pero quieren preservar la propia vida.

Sólo se puede escribir el mundo en metáforas, o con la ayuda del símbolo. Yo elegí el fragmento—trozos de un mosaico. Las piezas pertenecen a vajillas distintas, polvorientas, no descarto que hayan sido deformadas por el tiempo, como cuando contamos una historia que nos contaron y que a su vez alguien la había escuchado de otra persona. Fragmentos que a nadie le importan. Fragmentos sin archivo. El fragmento es insignificante, pero su conjunto es una máquina que multiplica los trozos y saca esquirlas.

¿Cómo vivir el fin cuando ya sabemos que se nos acabó el tiempo? Las voces en estos fragmentos se lamentan sin miedo; quiero pensar que cuando aceptemos que no queda tiempo, y que no tenemos nada que perder, de pronto la dignidad cobrará importancia.



Riverside, Junio, 2021




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