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  • Paula Cucurella

Lo que no dije hace veinte años



El primer trabajo que tuve fue a los 9 años, quería comprar una pelota de básquetbol, no se me ocurrió pedirla, quería comprarla yo. Entonces le pregunté a los amigos que había hecho en el parque se acaso le podían preguntar a su jefe si yo también podía vender diarios los domingos, así como ellos. Fueron probablemente tres domingos que vendí diarios, eran El Mercurio. Nunca se han perdido la plata, nunca se me perdieron los diarios. Y al final del día el dueño del kiosco nos daba un puñado de monedas, de 10, de 50, e incluso de 100.

El segundo fue por ahí por los 15 o 16 años. Se trataba de una boda y yo junto con unas amigas servimos mesas, y repasamos los vasos limpios con un paño. Nos pagaron 13.000 por 8 horas, lo que ahora serían unos 20 dólares.

A los 19 años llevaba un año escalando. El dueño del gimnasio donde yo y mis amigos entrenábamos me contó que pondría un muro de escalada en una feria del deporte que sería ese fin de semana y necesitaba a una mujer que asegurara y escalara para demostrar a los no iniciados/as. Me encantó la idea. Le pregunté que cuánto me iba a pagar, y él me respondió que no pensara como un obrero, que la escalada se trataba de algo más que dinero. No le respondí (todavía me quedaba callada en esa época), pero la respuesta ya se había armado en mi boca: si no quiere que piense como obrero, entonces no me trate como uno.

Cuando una ama lo que hace la expectativa es que no cobres por tu trabajo, pues saben que lo harías gratis. En el aura del arte, la literatura, y todas las cosas que se hacen por amor a veces se encubre otra forma de explotación.

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