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  • Paula Cucurella

La parábola del pescador


Digamos que por de pronto todo sucede como si no fuesen a haber consecuencias—te dijo el especialista—, y sales a toda velocidad, por el reojo vez pasar una lápida tras otra. Apuras el paso. Gracias a esta organización heliocéntrica de la vista fija en el caramelo de anís que siempre coges a la salida de la consulta esta vez tienes dirección, siempre vas de salida. Todavía sabes que si entras en esa oficina vas a volver a salir, y el caramelo te recuerda que tienes dientes. A veces te muerdes la lengua y temes por tus dientes. En la sala de espera conociste a un hombre que llevaba una cuenta minuciosa de sus sacrificios, su entendimiento de la deuda era particular, no era libre de escoger sus palabras, las que lo cogían a su antojo y él debía hacerse responsable por todo lo que salía de su boca. No estaba mintiendo. En esa ocasión también se habló de flores, de plantas y criaturas de jardín. Tocaron la ternura real al decir ‘perro’, unos segundos después la palabra ‘espiritual’ dicha sin ironía te recordó un árbol lleno de pájaros, pero afuera un escupo tardaba solo segundos en irse al cielo. Intentas recordar mejores tiempos. En vez te acuerdas de la colonia de palomas que vivía en tu edificio cuando pequeña, y como un pichón citaba a otro a media mañana, y que incluso entonces (supuestamente inocente), ya habían pasado suficientes cosas para querer terminar el día, y aún quedaba la tarde. Había personas a las que le gustaba vivir su propia vida y estaban las que aceptaban que vivieran la suya por ellas. Recordaste la parábola del pescador, y era cierto que los signos divinos eran inconfundibles, porque tu nombre desaparecía de las listas, porque a tu colega se le olvidaba mencionarte, porque se había perdido tu carta en el correo internacional, eran tales y tantos los cardúmenes que llegaban a tu puerta, abriéndola, pero de salida, como tú. Gracias a dios.

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