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F (de La lengua de los pájaros)

El abandono de Anna no era falta de amor propio, como tampoco lo era el que no se maquillara. Sin embargo, para esta entrevista, había hecho ambas cosas.

Al otro lado de la puerta el parquet soltó un crujido y en seguida el picaporte giraba, dejando la puerta abierta. Nadie preguntó ni explicó nada. Una vez dentro, Anna se olvidó de la puerta, la espera, del drama que se pronunciaba a bostezos en el decorado que decaía con parsimonia en los pasillos del edificio.

Anna ofreció su rostro deficientemente compuesto, la viva imagen de la placidez desesperando de sí misma. Saludó a Keller, sin estar aún lista, a pesar de haber llegado adelantada.


Adelante, usted debe ser Anna—había dicho el doctor.


Sus papeles estaban en orden, Anna lo sabía y Pablo se tardó en corroborarlo. Cada página era un costal, y cada costal como la premisa de un silogismo sin conclusión: listas de procedimientos, exámenes, cirugías, medicamentos—todo lo que se había intentado en el cuerpo de Anna, y también lo que quedaba por intentar: "¿en qué fecha recibió el primer diagnóstico?", "¿Cómo controla los espasmos?", "¿cuántas intervenciones epidurales en total?" Las respuestas tenían una narrativa que Anna suprimía, dejando solo la información: pieza inane, indolora, incolora que precipitaban en fuga la única conclusión evidente, —y también necesaria, según Anna. No obstante, de cara al atavismo humano, la lógica a menudo se replegaba.


Anna malamente podía tolerar su propia condición ornamental dentro de esa oficina. Y fuera de ella, doblemente ornamental, al comprobar que su espalda no podía cargar las pocas ropas con que había visto arrancar a familias enteras. Los fuegos nunca sobrepasaban la bastilla de los círculos urbanos. Anna estaba a salvo, y mientras siguiera viviendo ahí siempre estaría a salvo del fuego.

Los ojos de una niña caminando con un perrito a cuestas. La manta que lo cubría y lo amarraba a su espalda, manchada de sangre. La imagen tenía varios meses en su memoria, y la incidencia de otras similares mantenía fresco su efecto.

Saber que no podía llevar su carga. Saber que nunca se iba a quemar en el círculo urbano, eran evidencia para Anna, de que el origen del fuego--que nunca se quema--era ese centro que ella habitaba.


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