La muerte no era lo que los unía. Pablo era un burócrata de la eutanasia. Una pieza más en la máquina llena de parches de la República...
Luego de la reforma tributaria que eliminó el concepto de ahorro para jubilación obligada; tras una década de índices de natalidad negativos y una economía que seguía debatiéndose entre invertir en bienes renovables y en misiles; de cara a las tasas de suicidios en la población anciana, en este estado terminal de la especie humana la terminalidad de cualquier enfermedad dependía del dinero sucio que podrías haber heredado. En la nueva república, todo dinero heredado era sucio, pues no se había ganado con el trabajo. En algunos casos 1000 dólares te podrían comprar un día, en otros, un año.
La vida no tenía precio. La vida no se vendía ni se compraba. --La vida se regalaba. Siempre se había regalado y se seguiría regalando.
La última innovación era el consenso de que podías devolver ese regalo bajo ciertas condiciones.
Un pacto entre el espectro de lo que antes fuese el seguro social y las farmacéuticas dio fruto a las implacables calculadoras de sustentabilidad de vida, que indicaban con precisión digital cuánto podías comer, cuánto podías trabajar y cuánto descansar cada día para hacer tu propia existencia sustentable. Las calculadoras también te podían decir cuánta descendencia podrías procrear, si alguna, y el impacto que eso tendría en tu sustentabilidad en una proyección de treinta años.
Anna no tenía descendencia, tampoco podía costear una. Compartía su comida con los gorriones, tórtolas y palomas que frecuentaban su balcón. Había aceptado adoptar las plantas que su vecina había dejado al morir--Nunca supo de qué. No tenía particular afición por las plantas, pero no estaba bien rechazar algo vivo que pedía tan poco para seguir viviendo.